| Vamos
a entrar en el mundo del paciente bipolar. ¿Me acompañan?
Conviene siempre tener presente, durante todo el recorrido,
que en el bipolar se exagera un modo de funcionar universal
que es inherente a la vida humana, del que todo disponemos:
el antagonismo complementario de los opuestos.
Entre la oscilación inmoderada de la bipolaridad y la
rigidez envarada de la esclerosis existe un punto de equilibrio
posible que no se trata de una localización fija sino
dinámica, de un punto que no es tanto un lugar preciso
como un intervalo, una zona donde los antagonismos se hacen
conciliables. En suma, una gama de matices.
Esto quiere decir que ser estático no se corresponde
a una posibilidad sana de ser. La estabilidad por sí
misma no debiera ser un valor terapéutico a conquistar,
pero sí el movimiento proporcionado, la armonía
móvil, la solidez flexible, el arraigo sin estancamiento.
Si consideramos como el rasgo característico de la bipolaridad
su inestable vaivén cíclico, el hecho de que quien
la padece va y viene, de un modo más o menos irregular,
de un polo a otro entre la alegría y la tristeza, conviene
considerar que tal alternancia, para ser considerada disfuncional,
tiene que ser desmesurada y excluyente, es decir, debe reflejar
esa imposibilidad interna de la persona para integrar polaridades,
su dificultad de aceptar y de vivir en plenitud la ambivalencia.
Desde el blanco al negro hay una variada progresión de
grises, y en esto consiste la dificultad bipolar: su incapacidad
para detenerse en matices y gradientes emocionales.
Textura
de la bipolaridad
Las presentaciones típicas de la bipolaridad se manifiestan
bajo la apariencia alternada y excluyente de depresión
y manía, pero existe un gran grupo de apariciones en
donde ambas series emocionales son contemporáneas y superpuestas,
y se las conoce como "formas mixtas".
Esta última posibilidad no constituye una rareza sino
más bien una condición bastante frecuente en la
clínica, pero la simultaneidad de síntomas no
significa integración ambivalente. Así es como
ocurre, por ejemplo, en la manía disfórica (manía
depresiva) o en la depresión agitada. Por otra parte,
varias investigaciones clínicas muestran que esta manifestación
de la bipolaridad es más virulenta, más resistente
al tratamiento, más grave en sus síntomas y con
el índice más alto de riesgo de suicidio, y es,
al mismo tiempo, la que esconde el mayor grado de creatividad.
Pero ya sea bajo una u otra apariencia, la bipolaridad comparte
un semblante o textura común que podría resumirse
de la siguiente manera:
-
Oscilación inestable del humor
Mas
allá del pasaje de un estado emocional a otro, existe
una tendencia reluctante en este vaivén del humor a lo
largo de la vida. Sin un motivo cierto, la persona salta de
un pico al otro, y si esto puede observarse en lo puntual, al
considerar la totalidad de su historia se aprecia que cada episodio
forma parte de una cadena más abarcativa, de una serialidad
repetitiva propia de la naturaleza bipolar.
Esta ciclicidad puede estar separada por mesetas, de aparente
o real armonía, pero la posibilidad de caer en una fase
de depresión o de manía está presente como
una amenaza constante. De manera que la oscilación toma,
aquí, la figura de algo recurrente pero impredecible.
El día y la noche se suceden de un modo "estable";
en cambio, en el acontecer bipolar todo es incierto, cíclico
e inestable. ["Ya es franca desazón lo que antes
era risa" (Alfonso Reyes).]
Otro
rasgo de las personas bipolares es la irregularidad y asimetría
de sus conductas que no siguen, generalmente, una línea
directriz previsible, sino que van y vienen de acuerdo con el
termómetro emocional interior, "al compás
de las hormonas".
Naturalmente, esto provoca que se resientan sus rendimientos
en las distintas áreas de su vida y que aparezcan, ante
los demás, como personas inconstantes y poco disciplinadas.
Muchas veces, estos comportamiento son, además, explosivos,
como un terremoto que brota de pronto, inesperada e inexplicablemente,
tanto para el sujeto como para los que lo rodean.
- Actitud
frente a la fatiga
Los
bipolares tienen un patrón, bastante propio, de ir cansándose
progresivamente. Esto no se debe tanto a la fatiga, propia de
un esfuerzo, como al aburrimiento que le provoca la rutina.
De modo que, cada tanto, deben detener su actividad y hacer
otra cosa para tratar de alejar esta vivencia, por que, cuando
lo invade, siente que es un escenario que lo aplasta y del cual
no puede escapar.
El observador inexperto, al ver esta actitud, deduce que el
bipolar carece de voluntad y firmeza, y no le falta razón,
pero esto ocurre por motivos diferentes a los que el piensa,
No se trata, por ejemplo, de escasez de disciplina sino una
necesidad de estimulación renovada y siempre creciente
que, en caso de faltar, lo hunde en el tedio y el desinterés.
Pero hay que tener en cuenta que el puño de la depresión
que aprieta en silencio el corazón del bipolar (aun en
su manía) es, también, uno de los motivos de su
agotamiento. Por una parte, consume su energía interior,
y por otra, lo enfrenta a un mundo cargado de adversidad que
lo aplasta. ["No, no es cansancio... / Es una cantidad
de desilusión que se me entraña / en el pensamiento,
/ es un domingo al revés / del sentimiento, / un feriado
pasado en el abismo..." (Fernando Pessoa).]
Todo
lo conectado con las relaciones y los proyectos representan
un área conflictiva de importancia. El bipolar cambia
rápidamente de postura frente a sus proyectos y afectos,
le cuesta mantener relaciones profundas y durante mucho tiempo.
Es muy usual encontrar, en las historias de estas personas,
numerosas experiencias de cambio laboral, vocacional y de pareja,
generalmente, con separaciones y desligues turbulentos. Esto
se debe, en parte, a la búsqueda de la diversidad de
experiencias como un alimento significativo del alma, a la complejidad
de su mundo personal y a la tendencia a construir vínculos
disfuncionales, enredados, tormentosos y atribulados, tanto
con personas como con tareas y emprendimientos.
- Reacción
frente a situaciones nuevas
Los
bipolares tienen una excitación inicial baja y una resonancia
de corta duración. Puede ocurrir, sin embargo, que al
inicio las nuevas propuestas tengan una fuerte intensidad que
decae a poco de andar, como si en el transcurso del tiempo decayera
la motivación.
Ocurre algo similar respecto a los objetos y a las personas:
acercamiento afectivo fácil pero sin consecuencias prolongadas.
Ahora bien, si este contacto les provoca mucha efervescencia,
puede llegar a ser explosivo y sin transiciones. A pesar de
la intensidad no por eso, sin embargo, deja de ser superficial.
Esto explica dos modelos interpersonales muy frecuentes del
bipolar: no involucrarse (que los otros interpretan como falta
de compromiso) y el contrario, el involucrarse totalmente, sin
gradientes previos. En este sentido, es típico que cuando
un bipolar conoce a una persona que le despierta atracción
sexual reaccione, por ejemplo, de este modo: "Hola que
tal, ¿Cómo te llamas? ¿Nos vamos a vivir
juntos?". [Me recuerda el breve poema confesional del poeta
mexicano Efraín Huerta: "En / cuestiones / de amor
/ (o como se llame) / siempre / he sido / un tanto / prematuro."]
Las
personas bipolares poseen una gran propensión a destruir,
con sus comportamientos, todo lo que construyen, sean vínculos
afectivos, o bien desarrollos profesionales o laborales. "…
Al borde estoy de ser / lo que más aborrezco: / Caín
de lo que quiero", dice en estos versos, muy gráficamente,
el poeta español Pedro Salinas.
Es frecuente encontrar, en sus relatos, un reconocimiento de
que sus actitudes y obras fueron las causantes de sus pérdidas,
tanto materiales como anímicas. Que, muchas veces, podían
visualizar con anticipación el resultado final desastroso
de sus actos, pero que, aun así, no podían detener
la impulsión coercitiva que los avasallaba. Es que, en
las profundidades de sus almas, se puede descubrir un inconsciente
y apremiante sentimiento autodestructivo que los sojuzga y que,
seguramente, está enlazado con la herida en la autoestima
y la valoración personal que los bipolares cargan. Es
como si sus conductas expresaran: "Nada puedo tener, porque
de nada soy merecedor".
Esto conlleva mucho sufrimiento y penurias, soledad, dificultades
materiales y de inserción social, que llenan el corazón
con una vivencia dolorosa irreparable.
Otra
faceta interesante de las personalidades bipolares es la sensación
de ser incomprendidos, el estar convencidos de que nadie puede
saber de sus males y, por lo tanto, que no hay quien pueda ayudarlo.
"Los que llegan no me encuentran. / Los que espero no existen"
(Alejandra Pizarnik). Esta vivencia es la madre del desconsuelo
que, usualmente, anida en sus conciencias de un modo torturante.
La razón de la creencia de que no existe persona que
pueda entender los motivos del "desastre de sus vidas"
se debe, en parte, al hecho de que son ellos los primeros que
ignoran las causas, seguramente por su manifiesta dificultad
para bucear en los repliegues de su intimidad.
Esta vivencia de no tener interlocutores, en oportunidades,
los conduce a excluirse de una vida social activa. Pero, a la
larga, la soledad -tanto a los bipolares como al resto de las
personas y tal como dice Camilo José Cela- "puede
llevarnos a extremos desangelados". En la toma de esta
actitud de aislamiento no están gobernados por sentimientos
de orgullo o superioridad, sino arrastrados por una sensación
de desarraigo y desconexión.
La sensación de no pertenecer se ha convertido, para
el bipolar, en un "callejón sin salida", donde
por momentos se siente: ["Inmóvil en la sombra,
mudo como una planta, / sembrado, quieto, en un temor de nada,
/ con derrumbes de carne para adentro / pero sin haber muerto"
(Jaime Sabines).]
Y del mismo modo como el sentirse incomprendido puede conducirlo
al aislamiento, también puede llevarlo a la indiscriminación
de sus conductas (por ej., la promiscuidad); pero el resultado
es semejante en ambas reacciones: soledad, incomprensión.
Hay otro aspecto de este problema que se debe considerar con
cuidado. Se trata de que el bipolar vive la realidad que piensa
como evidente. Tal como expresan -con mayor precisión
(y belleza) que mis palabras de terapeuta- estos versos de Pessoa:
"Albergo en el pecho, como a un enemigo que temo ofender,
/ un corazón exageradamente espontáneo / que siente
todo lo que sueño como si fuese real, / que acompasa
con el pie la melodía de las canciones / que mi pensamiento
canta, / canciones tristes, como las calles estrechas cuando
llueve".
(Hago
aquí una digresión que considero importante. Se
podrá decir que, para fundamentar mis reflexiones acerca
de la bipolaridad, "abuso" del gran poeta portugués
Fernando Pessoa -y de sus famosos "heterónimos"
(por ej., los versos anteriores los firma como Álvaro
de Campos)- y de otros grandes poetas universales, en desmedro
de reconocidos autores del campo de la Psiquiatría, la
Medicina y la Psicología; es decir, que me baso en "ficciones"
para describir un padecer tan real como el que nos ocupa; pero
sucede que la poesía expresa mejor y más cabalmente
las emociones -sobre todo, las de los bipolares- que cualquier
obra escrita proveniente de la ciencia médica o las disciplinas
psicofísicas. Y no exagero. Ya lo decía una autoridad
como Aristóteles: "la Poesía es más
verdadera que la Historia, porque ésta dice las cosas
como fueron, y la Poesía, como debieron haber sido"
-recuérdese aquí la tragedia griega y cuánto
la estudió Sigmund Freud, por ej., deseoso de hurgar
en el misterio del Inconsciente-. Desde luego, como terapeuta,
uno tiene el deber de hacer silencio para escuchar y descubrir
a la verdadera persona que se enmascara detrás de su
sufrimiento y, sobre todo, de su discurso, sea éste poético
o prosaico, realista o fantasioso, reticente o verborrágico,
para acompañarlo, después, a encontrarse consigo
mismo. Más aún: uno mismo, como terapeuta, debe
estar muy despierto y muy advertido de los peligros de la fascinación
por sus propios "versos", es decir, su propio discurso
terapéutico, y volver sobre éste cada tanto para
modificar "la letra" que deba ser modificada, sin
miedo a nuevos errores o contradicciones (tan propios de los
hombres, por otra parte...). Jorge Luis Borges decía:
"Toda interpretación es una ficción que se
agrega a la realidad". Y al fin de cuentas, la interpretación
del padecer bipolar también es un discurso y, de algún
modo, una ficción que se agrega a la realidad particular
de quien sufre dicho padecer; por lo tanto, cualquier interpretación
a partir de la cual se pretenda fijar para siempre un saber
y una estrategia de cura o alivio de la bipolaridad, fracasará,
pues ningún saber ni ninguna interpretación deben
ser nunca unívocos, definitivos ni estáticos,
sino dinámicos, es decir, deben permitirse oscilar como
la vida misma, teniendo en cuenta, además, los nuevos
aportes multidisciplinarios para el abordaje de este trastorno
y, sobre todo, la historia personal, el talento a potenciar
y la individualidad irrepetibles de cada paciente.)
Ahora
bien, los sueños de los bipolares no son ficciones para
ellos, y las imágenes mentales que los forman tienen
existencia concreta y, el carácter multidimensional de
éstas, hace que sean muy difíciles de poner en
palabras (a los poetas les resulta un poco más sencillo...).
Téngase en cuenta el hecho de que "cada palabra
dice lo que dice y además más y otra cosa"
(Alejandra Pizarnik). Por otra parte, lo que ellos "ven"
como algo real es -para quienes que los rodean- el atisbo de
una sombra que no pueden llegar a representar y, menos aún,
comprender.
Los
bipolares suelen estar muy conectados y enlazados con su entorno
de una manera muy peculiar e inconfundible: son atentos aunque
no concentrados, ligados al contexto pero no al foco, perciben
todo y no se demoran en detalles, sintetizan mucho y analizan
poco. Este mecanismo les da una perspectiva y un registro de
la realidad no habitual y los lleva a arribar a conclusiones
(obtenidas por vía intuitiva) que sorprenden a los otros.
Concentrarse les resulta problemático y el esfuerzo que
deben realizar para lograrlo aumenta su oscilación, ya
que contraría una tendencia natural opuesta y los hace
entrar en confusión.
El bipolar está más abierto a experimentar la
totalidad de los estímulos de la realidad que el común
de las personas. Esto puede acarrear que, por una parte, si
se desconoce su modo de pensamiento, se lo considere disperso,
cuando en realidad su diafragma perceptivo está muy abierto,
y por otra, él sea propenso a los "fracasos escolares
o laborales", dado que los requerimientos académicos
siguen patrones totalmente distintos de su modo de funcionar.
Sin embargo, es bueno tener presente que lo que a los bipolares
les falta en concentración, les sobra en atención,
puesto que, al igual que los disléxicos, son "atencionales
natos".
Esta
singular relación con el entorno es un dato que se enlaza
con la insaciable curiosidad que emana por todos los poros del
bipolar. Esto hace que, muchas veces, estén "saltando"
de una cosa a la otra y que sean evaluados como inconstantes,
cuando en realidad están "devorando el mundo"
con su percepción. ["... mis brazos insisten en
abrazar al mundo" (Alejandra Pizarnik).]
La curiosidad se conecta con el horror bipolar al aburrimiento
y el fuerte desarrollo de los sentimientos de interés,
que no tienen otro objeto que el estar interactuando activamente
sobre las cosas con las cuales se relaciona. Cuando el tedio
lo embarga suele intentar escapar de esta situación recurriendo
a tres mecanismos básicos: ensoñación creativa
(sueña despierto), cambiar su foco de atención
hacia otro centro de interés y ponerse en movimiento.
La curiosidad conduce al bipolar (niño o adulto) a la
búsqueda de nuevas experiencias, a intentar aprenderlo
todo, tocarlo todo, entrometerse en todo. Esto puede resultar,
para los otros, una molestia ["Yo era la fuente de la discordancia,
la dueña de la disonancia, la niña del áspero
contrapunto. Yo me abría y me cerraba en un ritmo animal
muy puro", (ídem)], pero el bipolar no está
asistido por un afán de fastidiar a nadie sino que actúa
en función de un empuje natural de huir del hastío
y de explorar el mundo. Las travesuras infantiles son un buen
ejemplo de esta disposición a la aventura del conocimiento
que es un ingrediente importante de las cualidades bipolares.
Desde
una perspectiva positiva el oscilar implica la capacidad de
poder ponerse en un punto de vista diferente del actual, lo
que suele resultar una buena estrategia para comprender lo que
no se conoce.
En este pasaje de un polo al otro, el bipolar va recorriendo
una gama de gradientes a una gran velocidad. Esto le permite
alcanzar, cuando está bien aspectado, el dominio de una
vasta escala de emociones diferentes, en tiempo récord,
y experimentar un arco muy amplio de tonos y matices afectivos
en los vínculos y la comunicación.
Este talento -compartido con la creatividad- es inherente a
la condición bipolar y, cuando el paciente está
mal aspectado, permite comprender la oscilación como
una manera de negarse a abrir las puertas al ensayo y la exploración
de los gradientes afectivos (diferencias) y un correlativo refugio
en las cimas emocionales de la tristeza y la alegría,
con el objetivo de excluir cualquier posibilidad de cercanía,
contacto y combinación entre ellas. El motivo de esta
evitación a experimentar la ambivalencia hay que rastrearlo
en la historia del bipolar.
Las
formas del pensar reflejan maneras de vislumbrar y entender
el mundo. El pensamiento bipolar es circular, dialéctico,
dinámico, totalizador, pleno de cualidades sensibles,
como una especie de sistema de conceptos vivos sumergidos en
imágenes, de manera que, para él, el universo
es una realidad concreta, plástica, pero sobre todo en
movimiento.
Este tipo de estrategia cognitiva le implica atarearse con grandes
bloques de información a mayor velocidad que su propia
formulación verbal, lo que puede procurarle un mayor
rendimiento intelectual, un mejor control del equilibrio emocional
y el poder penetrar en áreas de la personalidad donde
no existen palabras (el Inconsciente). Claro está que
esto funciona como una disposición que está distorsionada
en el bipolar pero indica la riqueza potencial de su mente.
Por otra parte, además de este rasgo, el pensamiento
bipolar posee una orientación intuitiva y multidimensional.
Lo primero lo lleva a ser capaz de arribar a conclusiones sorprendentes,
aunque no pueda dar cuenta de los procesos que lo condujeron
a tal respuesta, y lo segundo, a experimentar los pensamientos
como realidades desde incontables puntos de vista simultáneos
y con una gran intervención de todos sus sentidos.
Para el bipolar las palabras, tal como él las expresa,
son imágenes sensoriales ["Aun si digo sol y luna
y estrella me refiero a cosas que me suceden", (Alejandra
Pizarnik)], y una imagen de esta naturaleza no se puede fijar
porque, cuando deja de sentirse, se pierde como tal, y no es
posible encontrar vocablos suficientes para explicarlas ["Toda
la noche espero que mi lenguaje logre configurarme", (ídem)].
Esto da cuenta de la aceleración de ideas que por momentos
los invade para intentar subsanar tal limitación.
Francisco
Alonso Fernández señala que "se dispone de
suficiente documentación para señalar que la personalidad
ciclotímica, el terreno predilecto del trastorno bipolar,
acumula rasgos positivos para la creatividad filosófica
y de otras modalidades, debido a sumar como un privilegio facultades
como las siguientes: el instinto de búsqueda de nuevas
ideas o experiencias, la firmeza para mantener posturas poco
convencionales, el espíritu de riesgo para la lucha social
y el debate del pensamiento, entre otras...".
Esta afirmación del autor de El talento creador es coincidente
con mis investigaciones al respecto, que apuntan a mostrar que
la creatividad del bipolar se amplifica gracias, por una parte,
al carácter concreto (por imágenes), intuitivo,
multidimensional y dialéctico de su pensamiento, y por
otra, a la curiosidad, esta actividad que Alonso Fernández
ubica como "instinto de búsqueda de nuevas ideas
y experiencias" y a la que Ronald Davis le atribuye la
cualidad de ser una fuerza más intensa que la gravedad,
la energía motriz que está detrás de la
creatividad y de la evolución del hombre.
Los
bipolares suelen tener conductas torpes, inadecuadas o desacertadas.
En sus relaciones interpersonales se manifiestan como desmañados
y deslucidos, parecen ineptos y carecen de pericia para decir
lo apropiado e iniciar o cerrar un vínculo de modo "prolijo".
Esta inhabilidad les provoca frustración e invalidez.
¿Qué es lo que esta clase de torpeza genera en
el bipolar? En el mundo interno, que disminuya su autoestima
(ya de por sí decaída), y en lo externo, que se
trabe y paralice, o bien que se acelere y se vuelva hiperkinético,
aumentando, así, su incoordinación.
Un equivalente de la torpeza son las desorientaciones espaciales
y la pérdida del equilibrio que frecuentemente padecen.
Se marean viajando en vehículo terrestre y cuando éste
está detenido sienten que se mueve, calculan mal las
distancias, habitualmente se pierden...
Frente al reproche de los demás por sus frecuentes "torpezas"
y "descuidos", un bipolar podría hacer suyas
estas palabras del gran poeta mexicano Jaime Sabines: "Te
dicen descuidado porque ellos están acostumbrados a los
jardines, no a la selva".
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