| La
bipolaridad es semejante a la dislexia. En ambas configuraciones
las personas carecen de un punto de orientación. No obstante,
cuando pueden llegar a construir y manejar ese "punto de
referencia" (giroscopio interior), lo que inicialmente
aparecía como una dificultad comienza a desaparecer.
En el disléxico se trata de la carencia de un punto espacio-mental,
en el bipolar de una "coordenada vincular".
Esta carencia es la que hay que remediar en todo tratamiento
terapéutico de la bipolaridad, para que su lugar lo ocupe
una "relación guía", ya que la falta
de eje provoca confusión, y ante la emergencia de tal
estado psíquico, la inestabilidad aparece como una respuesta
defensiva.
Al trabajar con esta mirada y aplicando una metodología
destinada a que la persona bipolar cree un "vinculo interior
referencial" (la báscula mental) que le sirva de
timón para alejarlo de los cambios extremos y de la confusión
que le generan algunas situaciones cotidianas, los logros que
se alcanzan son sorprendentes.
Hay cosas que la persona bipolar no puede representar, que le
crean desorden, desorientación, caos y desconcierto,
y entonces la oscilación es la respuesta para defenderse
de esa circunstancia. Del mismo modo como su pensamiento es
plástico (imágenes en movimiento), su ir y venir
emocional refleja su discurrir mental. Cuando le dicen "tienes
que ser estable", él escucha "oscila",
y esta situación es decisiva, ya que desde la medicación
y desde la palabra lo que se le está repitiendo al bipolar
es algo que no puede comprender o que él traduce exactamente
al revés.
La "estabilidad" que el bipolar tiene que lograr no
debe provenir de afuera, sino surgir como una "referencia
interior", y no puede equivaler a la detención o
quietud, sino a movimiento con sentido y proporción.
No hay que pretender que deje de oscilar (su oscilación
es su virtud), sino que sane la desproporción que lo
"traga" en el remolino del eterno vaivén sin
eje.
Los pacientes bipolares nos enseñan, con sus expresiones,
aquello que los terapeutas tenemos que aprender para saber ayudarlos.
Sólo hay que poner atención, escucharlos y valorar
sus puntos de vista. Y acompañarlos a precisar sus emociones
encontradas, tales como las siguientes, por ejemplo: "...
o sea / resumiendo / estoy jodido / y radiante / quizás
más lo primero / que lo segundo / y también /
viceversa" (Mario Benedetti).
Es común observar que las dificultades y las desdichas
vinculares llenan sus biografías. Es notorio el deseo
de ser aceptados y amados, que los empuja a establecer relaciones
a cualquier precio, construidas desde la necesidad y la dependencia
y no desde el amor y el crecimiento.
En el momento de nacer y luego del corte del cordón umbilical,
el ser humano adviene al desvalimiento, es decir, no puede valerse
por sí mismo para satisfacer sus necesidades básicas.
Es el otro o son los otros, sus padres, quienes cumplen esta
función, y si ese recién nacido no recibe protección,
afecto, cobijo y nutrición, se hunde en el desamparo.
Esta vivencia es muy radical, al punto que el bebé va
desarrollando, con el paso del tiempo, un complejo mecanismo
de defensa consistente en transformar ese desamparo en una creencia:
"Si no me dan lo que quiero, es porque no lo merezco, y
si no lo merezco, es que soy indigno". Tal sentimiento
de indignidad luego es encubierto, en el futuro bipolar, tras
una máscara de prodigalidad exagerada mediante la cual
pretende comprar afectos y reconocimiento que sanen su estima
dañada; cuando no los recibe, surge una profunda indignación
por sentir que lo tratan injustamente y la represión
de esta indignación vuelve como el polo de exceso (maníaco)
de la bipolaridad.
A esto se une la incapacidad para dar por terminado un vínculo,
para decir "basta" o "no te quiero más",
ya que tal condición forma parte de la vivencia bipolar
según la cual una relación que acaba implica una
muerte posible del Yo: en cada corte está en juego la
aniquilación de su identidad, pero no como metáfora
sino como una realidad feroz. En la biografía afectiva
del bipolar pareciera encarnar este poema breve de Efraín
Huerta titulado "Se sufre": "En cuestiones /
de amor / siempre / caminé / a paso / de / tortura".
Estas circunstancias (la herida en la estima y el temor de aniquilación
ante una pérdida de afecto) llevan, a los bipolares,
a establecer vínculos enmarañados, complejos y
destructivos, que son la expresión de un profundo "barullo"
afectivo, y reiteradas y frustrantes relaciones de pareja en
las que -según palabras de Benedetti- "cada dolor
flamante / tiene la marca de un dolor antiguo".
Ante esto, ¿qué hacen habitualmente los terapeutas?
Recomiendan cautela, distancia, inacción, proporción
y abstinencia, lo cual implica no haber asimilado lo que acontece
en el mundo interior del paciente, porque estas palabras encierran
conceptos irrepresentables en el universo de la conciencia bipolar.
Lo que sí, en cambio, deberían impulsar, es que
estos pacientes realizaran experiencias vinculares, porque nada
es peor, para un bipolar, que la ausencia de vínculos.
Los encuentros interpersonales son como columnas que -aun por
más disfuncionales que sean- los sostienen.
Aunque más adelante nos volveremos a referir a este punto
podemos señalar que la relaciones humana, las actividades
de servicio, el desarrollo sensorial, la danza, el Yoga y el
Tai Chi son excelentes herramientas para construir y sostener
el eje interior.
Puntos
sobre los cuales sostener un tratamiento
Hay
dos principios fundamentales que hay que tener en cuenta como
base de la propuesta de un tratamiento de los pacientes bipolares:
"
La bipolaridad no será superada mediante la lucha directa
contra ella, sino sustituyéndola por un bien opuesto.
" No será derrotada por medios exteriores a la persona,
sino convocando la fuerza interior autocurativa que yace dormida
dentro de ella.
Es
decir, ampliando, por una parte, las virtudes contrarias a la
inestabilidad (en este caso la firmeza, la proporción
y la determinación) y dejando, por otra, de poner toda
la confianza en los resultados de la química estabilizadora
exterior para apelar a las energías del auto-asistente
interno, ese centro personal que cuida por nosotros aun a pesar
de nosotros mismos. Todo esto sobre el sustento de no poner
la esperanza de salvación en los recursos artificiales,
sino ajustando el trabajo terapéutico a las leyes naturales.
Ahora bien, a estos pilares conviene agregar algunas otras consideraciones:
- La
bipolaridad se instaura como un desgarrón en el tejido
que conecta a la persona con los otros.
La red de comunicación e interacción habitual
se encuentra funcionando inadecuadamente y en vez de convertirse
en una herramienta para el crecimiento y la evolución
acontece como una catástrofe y una adversidad. El
resultado de estas condiciones hace que el paciente bipolar
quede apartado de los vínculos sociales, se recomiende
a sí mismo cuidado en sus relaciones e inclusive
puede ir desarrollando una actitud de aislamiento que empeora
su cuadro.
Sin embargo, tal condición puede ser una oportunidad
de crecimiento y de transformación, y esto (que puede
ser concebido como una catástrofe) puede, a su vez,
trasmutarse en un punto de reorientación de las prioridades
en la vida del paciente bipolar.
Las circunstancias adversas hacen crecer y fortifican el
carácter y la capacidad de preocuparse por los demás.
En este sentido, más que proponer al paciente un
restricción relacional, hay que empujarlo a vivir
las experiencias vinculares con toda intensidad. ["Usa
mi llave cuando tengas frío, / cuando te deje el
cierzo en la estacada, / hazle un corte de mangas al hastío,
/ ven a verme si estás desencontrada" (Joaquín
Sabina).]
-
La bipolaridad forma parte del proceso de la vida.
No es algo apartado, encapsulado y ajeno a la existencia
de la persona que la vive; más aún: muchas
veces representa un disparador para realizar un cambio necesario
o es el resultado de un conflicto del pasado. Pero siempre
es una señal del proceso de desarrollo personal y
por lo tanto siempre tiene sentido.
Esto implica, entonces, que la bipolaridad no es un mal
a suprimir, sino un suceso a comprender e integrar en el
curso de la biografía del paciente. De esto modo
convertimos una emergencia en un emerger, una catástrofe
en una oportunidad.
-
El acceso a la curación de la bipolaridad requiere
de muchas dosis de placer, alegría y pasión.
Es una obviedad, pero vale aquí recordar que la infelicidad
es causa de muchos padeceres psicofísicos y la alegría
es un buen remedio para los males del cuerpo y del alma.
Cuando uno está deprimido los candados que protegen
el organismo se vuelven vulnerables a las llaves de los
virus y las infecciones se apoderan del cuerpo. De manera
que, sin entrar en detalles (que pueden encontrase, por
ejemplo, en excelentes libros como el del Dr. Paul Pearsall
La salud por el placer), la experiencia de la dicha, la
alegría, el placer y toda la gama de emociones constructivas
producen un equilibrio neuropsicohormonal sanador.
Ahora bien, la oscilación es clave para el logro
del placer, tanto o más que el equilibrio. La homeostasis
no es quietud; por el contrario, es un estado de equilibrio
adecuado que en psicosomática se denomina "buena
oscilación" y que orgánicamente puede
atribuirse a un balance correcto de hormonas y neurotrasmisores.
Pero, cuando esta oscilación positiva se desmadra,
se producen las "subidas y bajadas" desmesuradas
en cualquier plano. Cuando una persona lucha de un modo
constante por conservar este equilibrio, entre grandes subidas
y bajadas, su organismo se vuelve incapaz de soportar tal
tensión y comienzan a producirse "cortocircuitos".
Paul
Pearsall afirma:
El
desgaste se nos manifiesta en el rostro, en el corazón,
en la reacción inmunitaria y en el carácter emocional.
La receta del placer dice: sube con un poco de felicidad estresante,
pero recuerda que siempre tiene que volver a bajar. Baja con
un poco de infelicidad estresante, pero recuerda que puedes
volver a subir. Algunas personas se estresan tanto intentando
reducir y controlar su estrés, intentando mantener constantemente
una actitud positiva o trabajando duramente para conseguir la
felicidad, que se pierden todo lo que tiene de divertido estar
sometidos a presión y todo lo que podemos aprender del
hecho de estar tristes.
Sin
duda, podemos suscribir las palabras del Dr. Pearsall y aplicarlas
a la bipolaridad; es decir, sostener que vivir con pasión
y alegría y oscilando proporcionadamente es hacer posible
una experiencia placentera, que representa, en sí misma,
un "psicofármaco" excelente para la bipolaridad.
Que el bipolar viva intentando controlar su oscilación
y forzándose a ser estable -o que se lo impongan desde
la psicoterapia y la farmacología- no es el camino indicado,
ya que a lo que conduce es a todo lo contrario de lo que se
busca.
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